El Fuego

Por Concha Casas

Mi pueblo no tiene grandes obras arquitectónicas que lo hagan único por poseerlas, ni frondosos bosques por los que perderse, pero mi pueblo en sí mismo es un museo donde la naturaleza descansa. Cuando me recuesto en el sofá tras la comida y me amodorro en él, me arrullan las olas del mar, en esa sinfonía que no por repetida me llego a aprender y que solo interrumpen los pájaros con sus trinos.

Las montañas que nos rodean son rotundas, silenciosas y calladas y el cielo se deja caer sobre ellas para contemplar la inmensidad azul sobre la que descansan. Hasta las nubes parecen serenarse al llegar aquí. Les gusta esta paz, les gusta contemplarla y disfrutarla.

La plenitud que su sola contemplación aporta es tal, que la respiración y el pulso se aquietan ante tanta belleza.

Pero parece que siempre hay alguien a quien le molesta la hermosura, la armonía y la calma. Con los primeros calores, ha vuelto ese loco, o esos locos, ignoro quien o quienes son, que ya el año pasado se ensañó con nuestro entorno.

El fuego intencionado ha vuelto a escalar por las lomas de estas pacíficas montañas, aparentemente áridas, pero ricas en multitud de especies, tanto animales como vegetales.

La impotencia al contemplar las llamas que animadas por el viento de levante trepan sin descanso, es tal, que las lágrimas acuden a los ojos, como queriendo con su humedad aportar su cota de participación en el vano intento de aplacarlas.

Mal empieza este prematuro estío.

El fuego, ese regalo de los dioses, ha sido empleado tantas veces para el mal, que se ha convertido en el elemento de lo maligno por excelencia, en el único paisaje del averno. El ser humano es capaz de convertir lo que nos da luz, nos calienta, nos ayuda a alimentarnos, nos extasía cuando se convierte en espectáculo pirotécnico artificial o natural como el fuego de San Telmo, en un arma mortífera, devastadora y feroz.

Cada verano volvemos a contemplar el lamentable y terrible espectáculo de las llamas devorando nuestros bosques y nuestros montes y desgraciadamente casi siempre (por dejar un pequeño, pequeñísimo me temo, margen a la duda), es obra de la mano del hombre. El hombre rabioso, iracundo, despechado, malnacido, acaba en cuestión de segundos con la mejor y más deliciosa obra de arte.

Dicen que todo lo que el hombre añade a la naturaleza está de más. Es cierto, lo triste es que visto lo visto, es que quizás lo esté hasta él mismo.